Esto estuvimos conversando esta semana y queríamos compartirlo…
Durante el mes de mayo hicimos los últimos 120 kilómetros del Camino de Santiago. Fueron cinco días caminando entre pueblos gallegos, bosques, hórreos, iglesias y senderos que parecían no terminar nunca. Cada jornada tenía sus propios desafíos, sus silencios y sus descubrimientos, pero hubo algo que nos llamó especialmente la atención desde el primer día. Nos cruzábamos con decenas de peregrinos. No sabíamos quiénes eran, de dónde venían ni qué historias cargaban en sus mochilas. Sin embargo, cada encuentro comenzaba con el mismo saludo: ¡Buen Camino!
Dos palabras que escuchábamos una y otra vez. Al adelantar a alguien. Al cruzarnos en una subida. Al entrar en un bar. Al salir de un albergue. Con el correr de los kilómetros entendimos que no era solamente un saludo, era una forma de reconocerse. Una manera de decir: “somos peregrinos, compartimos un mismo deseo, el deseo de recorrer el mismo camino”.
Días después, ya de regreso, encontramos una idea que nos hizo volver inmediatamente a aquellos días de caminata.
Todos los viernes recibimos el newsletter de Sebastián Campanario, siempre interesante por su forma de abordar temas vinculados con la innovación y la longevidad. Hace una semana compartió un ensayo de Bright Simons, titulado “La ventaja social de la inteligencia”.
Simons plantea que la inteligencia que hoy estamos automatizando mediante la inteligencia artificial nunca fue completamente individual. No nació en la mente aislada de una persona. Fue construida colectivamente. Se forjó en conversaciones, debates, desacuerdos, aprendizajes compartidos, instituciones, comunidades y proyectos comunes. La inteligencia humana, es en gran medida, inteligencia relacional.
Leyéndolo pensamos nuevamente en el Camino. Uno llega a Santiago caminando con sus propias piernas, pero nunca camina completamente solo. El sendero existe porque millones de personas lo recorrieron antes. Los mojones indican la dirección porque alguien los colocó. Los pueblos reciben peregrinos porque generaciones enteras mantuvieron viva la tradición. Los albergues, los bares, los consejos de otros caminantes, los saludos y las conversaciones forman parte de una inteligencia colectiva acumulada durante siglos.
El ensayo agrega otra idea que nos impactó. En la era de la inteligencia artificial, pequeñas diferencias en la calidad del liderazgo pueden producir enormes diferencias en los resultados.
La IA multiplica la capacidad de generar ideas, analizar información y producir conocimiento. Pero la abundancia cognitiva, por sí sola, no genera transformación. Puede producir innovación o ruido. Puede abrir caminos o simplemente multiplicar tareas. Simons distingue entre líderes convexos y líderes cóncavos.
Los líderes convexos utilizan la tecnología para ampliar posibilidades. Son capaces de transformar la abundancia de información en propósito, dirección y descubrimiento. Los líderes cóncavos, en cambio, utilizan la tecnología principalmente para controlar, optimizar procedimientos y reducir errores. En esos contextos suele haber más actividad, pero no necesariamente más progreso.
Y otra vez pensamos en el Camino. Porque miles de personas recorren exactamente la misma ruta y, sin embargo, viven experiencias completamente distintas. Algunos cuentan kilómetros, otros coleccionan fotografías, descubren paisajes, encuentran amistades o regresan con preguntas nuevas sobre su propia vida. El camino es el mismo, lo que cambia es la forma de recorrerlo.
Para quienes la tecnología estará disponible, lo que marcará la diferencia será la capacidad de construir los entornos, las conversaciones y los liderazgos que permitan transformar esa inteligencia disponible en algo valioso.
La gran paradoja como dice el ensayo es que cuanto más avanzan las máquinas capaces de replicar capacidades cognitivas, más importante se vuelve aquello que ninguna máquina puede producir por sí sola: la confianza, la conversación auténtica, el sentido compartido, la capacidad de escuchar, las experiencias compartidas…
Tal vez por eso seguimos pensando en aquel saludo. Porque detrás de cada aprendizaje importante, de cada innovación significativa y de cada transformación humana siempre hay otros que hacen posible el camino. En el Camino de Santiago, el «Buen Camino” nos recordaba que, aunque cada uno caminara a su propio ritmo, nadie recorría el camino solo. Ese saludo llevaba implícito un reconocimiento. Nadie era prescindible. Cada otro hacía que el camino fuera el que era.
Con la inteligencia artificial podemos a veces imaginar que se trata de una tecnología individual. Abrimos una aplicación, hacemos una pregunta y obtenemos una respuesta. Pero detrás de esa aparente experiencia individual hay una gigantesca conversación humana. La IA puede responder porque antes existieron millones de personas que escribieron, discutieron, enseñaron, investigaron, colaboraron y construyeron conocimiento juntas. La máquina aprende de nuestras huellas, aunque lo haga sin poder comprender su porqué o experimentar por sí lo que nos llevó a dejarlas. Tal vez es el momento para manifestar nuestro reconocimiento del aporte de otros, de que no hay sujetos prescindibles.
¿Cuál podría ser nuestro saludo? ¿Qué nos permitiría recordar las huellas que no queremos perder?
Pau Rennella y Gaby Marsiglia,
dos mujeres apasionadas en lo que hacen.
