Skip links

Traté a Jorge Sábato a fines de los ochenta. Era ministro de Educación. Me contó algo sorpresivo y bello, que impulsa la Iusperanza de hoy. ¿Nos metemos en la historia?


Su padre, Ernesto Sábato, antes de ser escritor, fue un destacado físico, doctorado en La Plata, especializado en Paris y en el MIT. A su retorno a la Argentina, en 1940, Ernesto investigó con mi abuelo materno, Enrique Gaviola, físico formado en Berlín, con Einstein, entre otros. Dirigía el Observatorio Astronómico de Bosque Alegre. Tenía en alta consideración a Sábato, que trabajó en el Observatorio, junto con Bunge y Balseiro.
Gaviola era severo, exigente, parco. Sin embargo, Jorge Sábato, con apenas cinco años, que visitaba a su padre en el Observatorio, mantuvo de Gaviola el mejor de los recuerdos.


El temido y adusto profesor lo impulsó a sembrar alguno de los centenares de árboles que plantaba en el Observatorio. Le enseñó a jugar al ping pong, hasta que el niño, feliz, devolvía la pelotita sobre tan alta mesa. Se reía Jorge Sábato, contándomelo tras medio siglo (pocos recibieron trato semejante de Gaviola).


Me pregunto ¿Cuántos abuelos, como el mío, aparentemente distantes, no serían capaces de abrirse al juego y a la sonrisa si estuvieran dialogando con pequeños visitantes, en sus geriátricos o asilos de ancianos?


El inicio y el fin de la vida siempre han estado entremezclados, en tiempos pasados. Hasta hace poco, en Galicia o en la Toscana, los amplios caserones cobijaban a abuelos, hijos, yernos y nueras, nietos y bisnietos. Aprendían unos de otros, vivían, morían, viajaban y retornaban, lloraban y reían juntos.


Casi un tercio de los hogares actuales, dicen las cifras, está conformado por padre o madre, separados, compartiendo los hijos según los días. Los abuelos están lejos, o en diferentes ciudades, cada vez más solos.


En Japón, en Brasil, hay experiencias nuevas: construir escuelas primarias cerca de los asilos, o vincularlos, para que los niños compartan tiempos con mayores, abuelos o abuelas de otros tal vez, con la supervisión de educadores. Mayores y niños construyen una comunidad de afectos, se motivan unos a otros.


Nuestras ciudades crecieron y se tornaron anónimas, nos aíslan. Perdemos los contactos intergeneracionales. Podemos crear nuevos espacios de encuentro, de convivencia, de descubrimiento del otro.


Brindo por políticas educativas que se potencien con las políticas para edad avanzada. Que creen esos espacios de encuentro, de humanización, de intercambio, entre los que apenas llegan y los que mucho han visto pasar.


Que mayores y niños, como una vez en Bosque Alegre, jueguen juntos el ping pong de la vida, transmitiéndose enseñanzas, experiencia, vitalidad y alegría.