
¡Quiero mi ventanilla!
De chico, adoraba pedir el asiento de la ventanilla en el avión. Desde ahí veía todo. La ñata pegada al vidrio, vigilaba las lentas oscilaciones del ala, escrutaba los paisajes hechos miniatura, admiraba las desafiantes montañas mendocinas o alpinas. Al aterrizar, se ensanchaban sus alas

